Ilustración vintage de una escena de playa uruguaya
Itinerario paisajístico en bicicleta

Utopías costeras —
un recorrido en bicicleta

Un itinerario en bicicleta entre Carrasco y Neptunia que descubre cómo la costa uruguaya fue pensada, transformada y habitada a través de distintas utopías.

AutoraEster Zaha
RecorridoCarrasco → Neptunia
ModalidadBicicleta / Cicloturismo
DuraciónMedio día

Este itinerario nace de una experiencia personal y de una situación contemporánea del territorio costero uruguayo. Después de vivir varios años en Alemania —donde el cicloturismo familiar y el ocio saludable forman parte cotidiana de la vida— llegué hace diez años a Uruguay con esa sensibilidad incorporada. La reciente finalización del tramo final de la bicisenda de la Ciudad de la Costa habilitó, por primera vez, la posibilidad de reproducir aquí recorridos similares a los que solíamos hacer allá: un trayecto continuo, accesible y seguro para todas las edades.

La elección del día para realizar el recorrido resulta determinante. La experiencia mostró que conviene considerar la dirección del viento —un elemento decisivo en la costa rioplatense— y evitar temperaturas excesivamente altas o días de lluvia. Aun así, el trayecto se mantiene accesible porque a lo largo de todo su desarrollo abundan los lugares para detenerse, refrescarse y descansar, desde pequeños comercios y estaciones frente al mar hasta sombras profundas en el bosque del Parque Roosevelt o en los pinares costeros.

Desde el punto de vista perceptivo, la bicicleta introduce una escala intermedia especialmente adecuada para esta lectura del territorio. Más lenta que el automóvil y más rápida que el caminar, permite registrar vegetación y forma urbana, al tiempo que habilita detenerse, desviarse y retomar el recorrido sin perder continuidad. El desplazamiento se convierte así en una herramienta para comprender transiciones espaciales que suelen pasar inadvertidas a otras velocidades.

La monografía combina un relevamiento perceptivo realizado en campo con una investigación documental de carácter histórico y territorial, permitiendo leer el paisaje costero como un paisaje cultural.

El itinerario se estructura a partir de una serie de singularidades paisajísticas. Si bien estas singularidades se señalan como puntos de observación, todas ellas se inscriben en trayectos más amplios, donde la experiencia del paisaje se construye en el movimiento y la duración. En conjunto, estas singularidades permiten leer la costa como una secuencia continua de paisajes y modos de habitar.

En ese cruce entre experiencia de recorrido y lectura paisajística, el itinerario se propone como una herramienta para observar cómo la costa entre Carrasco y Neptunia ha sido pensada y transformada a partir de distintas utopías costeras. En cada etapa histórica, la naturaleza fue entendida y tratada de manera diferente —como escenario, como problema técnico, como soporte del habitar cotidiano o como sistema a conservar—, orientando decisiones, proyectos e intervenciones que se materializan en el territorio y configuran el paisaje cultural actual.

Mapa del itinerario

Mapa del itinerario: tramo Carrasco a Costa de Oro
Tramo sur: Balneario Carrasco → Parque Roosevelt → Costa de Oro
Mapa del itinerario: tramo El Pinar a Neptunia
Tramo norte: Costa de Oro → El Pinar → Cruce Interbalnearia → Neptunia
El itinerario en su contexto geográfico metropolitano
El itinerario en su contexto geográfico: de Montevideo al corredor costero este.
A Singularidad paisajística

Balneario Carrasco

La vanguardia de lo lejano

Imaginemos pertenecer a una familia aristocrática del Montevideo de los años treinta. Los baños de mar se han vuelto una práctica moderna y saludable, pero las playas accesibles en tranvía ya no representan distinción. Carrasco, en cambio, ofrece distancia y exclusividad.

Cena en el Hotel Carrasco, imagen histórica
Dinar en el Hotel Carrasco

El acceso es deliberadamente arduo: se llega por caminos altos, siguiendo el Camino Carrasco sobre la cuchilla, evitando los extensos arenales costeros. El viaje forma parte del ritual. Una vez allí, el trazado sinuoso del balneario —concebido como parte de un proyecto paisajístico planificado por el estudio de Charles Thays— acompañado por alineaciones de pinos marítimos, conduce hacia las playas y el mar.

Carrasco no es solo descanso: es representación. Vestirse para la noche, recorrer las calles, tomar unas copas en el casino. El paisaje funciona como escenario social cuidadosamente construido. Desde aquí, el itinerario se diluye en la continuidad de la rambla, acompañando el desplazamiento hacia la siguiente singularidad.

Hotel Carrasco y playa, imagen histórica panorámica
El Hotel Carrasco y su playa: escenario social del balneario aristocrático de los años treinta.
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B Singularidad paisajística

Parque Roosevelt

El dominio sobre la naturaleza

La mirada cambia al ingresar rodando al Parque Roosevelt. Ya no se trata del ocio distinguido ni del paisaje como escenario social. Desde la perspectiva de técnicos y agrónomos como Carlos Racine, el problema es ante todo material: extensos bañados, arena móvil y suelos inestables que impedían cualquier forma de asentamiento.

El proyecto se vuelve posible a partir de la donación al Estado, en 1907, de los terrenos pertenecientes a la familia de don Doroteo García. Esta donación de 1.300 hectáreas estaba condicionada a la desecación de 100 hectáreas de bañado, para reducir riesgos sanitarios, y a la forestación de 300 hectáreas destinadas a un parque de uso público.

En ese marco, en 1916 se impulsa la creación del entonces Parque Nacional de Carrasco —primer parque estatal del Uruguay— y se encomienda a Racine el diseño y ejecución de un proyecto de forestación de gran escala. La respuesta técnica es clara y radical: plantar mucho, plantar denso y plantar rápido. En pocos años se plantan alrededor de 700.000 árboles, mayoritariamente eucaliptus, pinos marítimos y acacias, seleccionados por su rápido crecimiento y resistencia.

Plano del diseño del Parque Nacional de Carrasco
Primeras plantaciones en el arenal costero: la utopía del progreso técnico.
Primeras plantaciones en el arenal
Plano del diseño propuesto por Carlos Racine para el Parque Nacional de Carrasco.

La elevada densidad de la plantación no responde a un criterio ornamental, sino a una lógica de infraestructura territorial, propia de una política forestal impulsada por el Estado a comienzos del siglo XX. La utopía aquí no es la evasión ni la fantasía, sino el progreso: dominar la naturaleza para volverla útil, productiva y colectiva.

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C Singularidad paisajística

Costa de Oro

De arenal a suburbio

Al salir de la sombra continua del Parque Roosevelt, el paisaje se abre y cambia de régimen. La experiencia deja de ser inmersiva y pasa a organizarse en franjas, siempre sobre un sustrato arenoso que condiciona el territorio. La bicicleta avanza junto a una alineación de pindós jóvenes, todavía bajos y regulares. A un lado, una zanja de drenaje acompaña el recorrido y se transforma en un corredor vegetal donde aparecen cañas de castilla, lantanas, ricinos, dodoneas, acacias e ipomeas.

Hacia el borde costero, la vegetación se hace más baja y discontinua. Aparece la franja psamófila, adaptada a la arena, el viento y la salinidad, que actúa como transición entre el suelo intervenido y la playa. En este borde emergen, de manera esporádica, agrupaciones de pinos marítimos deformados por la acción persistente del viento, marcando la exposición directa al mar y recordando el carácter inestable del territorio.

Vista histórica de la Costa de Oro como balneario
A mediados del siglo XX, el territorio heredado del proyecto estatal y de sucesivos procesos de parcelamiento se consolida como balneario costero.

Del lado opuesto, la ruta y las fachadas cambiantes —casas de balneario adaptadas, nuevas construcciones— anuncian el ingreso definitivo a la Ciudad de la Costa. Este tramo no se define por un punto singular, sino por el recorrido mismo. La singularidad está en el desplazamiento lento, en observar el eclecticismo urbanístico de las fachadas. La antigua casa de balneario —ligera, de lajas, pensada para el verano— se adapta progresivamente a otros fines. La presencia de una escuela instalada en una vivienda de temporada funciona como indicio claro: aquí ya no se viene solo a pasar el verano; se vive todo el año.

La Costa de Oro expresa una utopía doméstica, donde el paisaje deja de ser escenario o infraestructura para convertirse en soporte de la vida cotidiana.

El automóvil acorta distancias y modifica el vínculo con la costa. Llegar deja de ser una excursión excepcional y se vuelve rutina. En ese pasaje —arenal, balneario, suburbio— se hace visible cómo el deseo de escapar de la ciudad termina, inevitablemente, por producir otra forma de ciudad.

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D Singularidad paisajística

El Pinar

El escape sensorial

Sendero entre pinos marítimos en El Pinar
El corredor de pinos marítimos genera un entorno de sombra permanente, construido desde el olor de la resina y la pinocha.

El ingreso a El Pinar permite leer, casi como una memoria territorial, cómo fue la Costa de Oro cuando era un balneario. No se trata de un punto fijo, sino de un tramo que se recorre. Las calles de ripio obligan a desacelerar. La bicicleta acompaña ese ritmo y vuelve a ajustar la escala al cuerpo. Al alejarse de la línea costera, la experiencia sensorial se intensifica: la forestación continua de pinos marítimos, implantados entre ambas vías de la calle de forma casi ininterrumpida, genera un corredor permanente de sombra.

Aquí el pinar no se percibe como paisaje excepcional, sino como un entorno aprendido y familiar, construido desde el olor persistente de la resina y la pinocha suelta bajo los pies.

Este bosque plantado se asienta, como en toda la costa, sobre un arenal que no desapareció, sino que fue domesticado. Bajo la pinocha persiste la arena fijada, recordando que el paisaje actual es resultado de una operación prolongada sobre un territorio inestable. Los pinos marítimos, introducidos para fijar dunas y hacer habitable el suelo, terminaron por integrarse al imaginario cotidiano del veraneo y del habitar costero, más presentes en la experiencia sensible que muchas especies de la flora nativa.

Aquí el paisaje conserva una estructura tolerante, donde lo plantado convive con la regeneración espontánea y el uso cotidiano. La singularidad reside en el desplazamiento lento, en la continuidad de la sombra, en los jardines mantenidos que se perciben lateralmente a través de cercos bajos, sin interrumpir la lectura del bosque. No hay una forma cerrada ni un diseño rígido: el arenal persiste bajo la forestación y reaparece en los bordes, recordando el carácter inestable del territorio.

El Pinar aparece así como uno de los últimos tramos del itinerario donde el cuerpo todavía organiza la experiencia del territorio, antes de que la lógica infraestructural se imponga.

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E Singularidad paisajística

Cruce peatonal alto

La dominancia del automóvil

El paisaje se interrumpe abruptamente en el cruce sobre nivel de la Ruta Interbalnearia. La infraestructura organiza flujos a gran escala desde una lógica predominantemente vehicular. La vegetación queda reducida a los márgenes y taludes, como acompañamiento residual del trazado. Aunque el recorrido se eleva por encima de los autos, el cuerpo deja de ser la medida del espacio. A pie o en bicicleta, el cruce sigue siendo indirecto, extenso y ajeno. El territorio se conecta, pero no se continúa.

Este punto expresa una transformación más amplia del corredor costero. La Interbalnearia dejó de funcionar como una ruta rápida para convertirse, por la densidad de población de los balnearios, en una avenida metropolitana. Sin embargo, la infraestructura responde con rezago a ese cambio. El resultado es una vía que combina características de calle (street) y de ruta (road) sin resolver ninguna de las dos, lo que el urbanismo contemporáneo denomina stroad.

Cruce peatonal sobre la Ruta Interbalnearia
El cruce elevado opera como una barrera: separa tejidos y transforma el acto de cruzar en una excepción.
Bicicleta en el puente estrecho antes del peaje
El puente sin bicisenda antes del peaje: el cuerpo queda expuesto, comprimido entre flujos rápidos.

En esta lógica, la prioridad es mantener la fluidez del automóvil. La escala se define para ser percibida a velocidad, y el peatón y ciclista queda desplazado a soluciones técnicas que no construyen continuidad urbana. El cruce elevado opera como una barrera: separa tejidos, alarga recorridos cotidianos y transforma el acto de cruzar en una excepción dentro de la vida diaria. El vecino que vivía "enfrente" pasa a habitar a kilómetros de distancia, ya sea porque el cruce resulta peligroso o porque exige un rodeo extenuante.

Para alcanzar la siguiente singularidad, es necesario atravesar un puente sin una senda peatonal y bicisenda, estrecho e incómodo, ubicado inmediatamente antes del peaje. El cuerpo queda expuesto, comprimido entre flujos rápidos, barandas y ruido. El intercambiador aparece así como una fractura dentro del itinerario. Aunque el paisaje sigue presente a ambos lados, deja de articular el recorrido. La infraestructura redefine el modo de estar en el territorio, justo antes de que, al abandonar este sistema, el paisaje vuelva a abrirse.

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F Singularidad paisajística

Neptunia

Convivir con lo inestable

En Neptunia el paisaje ya no se organiza desde la fijación del arenal ni desde la infraestructura, sino desde la dinámica del borde estuarino. En la franja costera, la vegetación psamófila nativa como el pasto dibujante se mezcla con especies introducidas como la garra de león, formando un límite bajo, irregular y cambiante.

La proximidad del Arroyo Pando influye en este sistema. En sus márgenes persiste un monte ribereño donde aparecen curupíes, sarandíes colorados, ceibos y arazás, especies adaptadas a la alternancia entre agua dulce y salada, a las mareas y a la estacionalidad. La vegetación protege las orillas de la erosión y organiza un territorio de transición, donde los límites no son fijos y el paisaje se recompone continuamente.

A diferencia de los tramos anteriores, Neptunia no se impone como imagen ni como infraestructura. Mientras el tránsito rápido continúa por la Interbalnearia, este paisaje queda relegado, fuera del campo principal de atención, accesible solo para quien desacelera y se desvía del flujo dominante. Esa condición marginal refuerza su fragilidad, pero también su valor.

Vista aérea del borde estuarino de Neptunia
Neptunia y el borde estuarino: un paisaje que se gestiona como un wild garden, donde la intervención humana acompaña procesos abiertos.

Neptunia encarna así una utopía más reciente: la de conservar la naturaleza aceptando su inestabilidad. El paisaje no se fija ni se ordena por completo; se gestiona como un wild garden, donde la intervención humana busca acompañar procesos abiertos antes que dominarlos. En ese contraste final —entre la velocidad de la infraestructura y la lentitud del ecosistema— el itinerario encuentra su cierre: habitar junto a la naturaleza supone, siempre, convivir con el cambio.

Cierre del itinerario

El itinerario puede leerse como una sucesión de intentos de escapar hacia la naturaleza, entendida en cada momento histórico como aquello opuesto a la ciudad, al ruido o a la artificialidad. Sin embargo, ese escape aparece siempre como una utopía: cada vez que se "llega" a la naturaleza, se la transforma. Fijar dunas, drenar bañados, forestar, trazar caminos, construir infraestructuras o consolidar asentamientos son acciones que modifican el territorio y redefinen aquello que se buscaba encontrar.

A lo largo del recorrido no solo cambian los paisajes, sino también las formas de entender y tratar la naturaleza. Las singularidades analizadas permiten reconocer cómo esas concepciones operaron como utopías costeras, orientando decisiones, proyectos e intervenciones concretas. En Carrasco, la naturaleza se construye como escenario representativo; en el Parque Roosevelt, se aborda como un problema técnico a resolver; en la Costa de Oro y en El Pinar, como soporte del habitar cotidiano; en el intercambiador de la Interbalnearia, la naturaleza queda subordinada a la lógica infraestructural; y en Neptunia, se presenta como un sistema dinámico cuya conservación implica aceptar la inestabilidad.

La costa aparece entonces no como un destino definitivo, sino como un territorio en permanente desplazamiento, donde habitar implica, inevitablemente, habitar el cambio.

Leído en conjunto, el recorrido no muestra una huida exitosa hacia un estado "natural" previo o intacto, sino una relación en permanente redefinición entre habitar y transformar. La costa entre Carrasco y Neptunia se revela así como un paisaje cultural estratificado, donde distintas capas históricas y territoriales se superponen, conviven y, en ocasiones, entran en tensión.

Índice botánico

AcaciaAcacia longifolia
ArazáPsidium cattleianum
Caña de castillaArundo donax
CeiboErythrina crista-galli
DodoneaDodonaea viscosa
EucaliptusEucalyptus spp.
Garra de leónLeonotis leonurus
IpomeaIpomoea spp.
LantanaLantana camara
Pasto dibujantePanicum racemosum
PindóSyagrus romanzoffiana
Pinos marítimosPinus pinaster
RicinoRicinus communis
Sarandí coloradoCephalanthus glabratus
CurupíSapium haematospermum

Bibliografía consultada