Tema
Sitios históricos
El paisaje montevideano parece asentado. El archivo fotográfico de la ciudad muestra hasta qué punto no lo está.
Nada de lo que hoy parece obvio en el paisaje montevideano lo fue siempre. La rambla parece eterna y su tramo final tiene menos de cien años. La peatonal de Sarandí parece inevitable y empezó como un piloto de 1992 que los comerciantes del frente resistieron durante años — los mismos que más tarde pidieron extenderla. Lo que se atraviesa hoy al salir a pedalear es el resto acumulado de decisiones concretas, fechadas y casi siempre discutidas, cada una de las cuales pareció definitiva en su momento. Estas notas reconstruyen algunas de esas decisiones con el material que las registró: las placas del archivo fotográfico municipal, que viene documentando la ciudad de manera sistemática desde mediados de los años diez.
La discusión más larga fue por la calzada. En 1905 los automóviles eran el 0,39 % del tránsito contado en Montevideo; en 1916 ya eran el 9,76 %, y los setecientos autos registrados en 1912 eran cuarenta y cinco mil veinte años después. En ese intervalo, una superficie que habían compartido tranvías, carruajes, carros y peatones se fue repartiendo — sin una ley que lo ordenara, sin campaña y sin villano: una búsqueda exhaustiva en la prensa digitalizada del período no encontró nada parecido a las campañas antipeatonales que sí hubo en Estados Unidos. El reparto se hizo por ordenanza, por costumbre y por acumulación, y nunca terminó del todo.
El patrón inverso se repite con la misma frecuencia: primero la obra, después la ciudad. El puerto moderno se levantó entre 1901 y 1909 por ley y contrato francés; la bahía estaba antes, el puerto después, y la ciudad que hoy lo rodea llegó en tercer lugar. El vapor Colombia naufragó entrando a la dársena la mañana misma de la inauguración y el acto siguió igual. El Hotel Carrasco abrió en 1921 solo sobre la arena, en el centro de un balneario dibujado nueve años antes, y el corredor costero de la ciudad tardó treinta y un años en alcanzarlo. El Mercado del Puerto fue mercado de abasto durante un siglo antes de ser lo que hoy se visita; su gemelo inglés, el Mercado Central, no sobrevivió a 1966.
Conviene decir que estas notas no cuentan una sola historia, ni la cuentan con el mismo tono. El puerto y el hotel se leen como obras que salieron bien. La Rambla Sur obliga a mirar lo que hubo que borrar para conseguirlas: el relleno se llevó las playas Santa Ana y Patricios y el barrio del Bajo entero, con calles — Yerbal, Recinto — que desaparecieron del plano de la Ciudad Vieja. Y recorrer esto en bicicleta tampoco es una línea continua: de los 22,2 kilómetros de rambla, unos 7,7 están separados del tránsito — los 4,7 de ciclovía sobre la calzada, inaugurada en setiembre de 2024, más unos tres de bicisenda anterior por la vereda —, y los 14,5 que van de la Prefectura de Pocitos al arroyo Carrasco no tienen nada.
Aun así, buena parte de todo esto se pedalea. La rambla de la Ciudad Vieja a Pocitos funciona como antología física de casi todo lo anterior — la Aduana, el Dique Mauá, el relleno del sur, la ciclovía de 2024, el faro de Punta Carretas — tramo por tramo y con sus baches. A unos doscientos cincuenta kilómetros al oeste, ya en Colonia, la travesía a Carmelo cruza un patrimonio de otra clase, el de los caminos de conchilla y las bodegas del litoral. El archivo que sostiene estas lecturas es el Fondo Municipal Histórico del Centro de Fotografía de Montevideo: más de treinta mil fotografías, de las que un primer tramo pasó a dominio público en marzo de 2020 y dejó de ser material de consulta para volverse material de lectura.







